jueves, 27 de enero de 2011

Temperamento, sex temperament y roles de sexo de Margaret Mead

  En el libro de Margaret Mead (socióloga emblemática): Temperamento, sex temperament y roles de sexo, analiza el temperamento de los hombres y las mujeres en función de los roles organizados culturalmente de lo masculino y lo femenino en una sociedad determinada.

Antecedentes: Margaret Mead examina cómo cada cultura modela el temperamento de sus hombres y mujeres, e interpreta la posición de los socialmente “desplazados”: como resultado de la incapacidad de un determinado individuo para interiorizar las normas culturalmente prescritas y comportarse teniéndolas en cuenta: “… La historia de vida de todo individuo es, primero y ante todo, la adaptación a los modelos y reglas de uso de su comunidad. Desde su nacimiento, las costumbres del mundo en el que ha nacido modelarán su experiencia y su comportamiento futuro…”  En sexo y temperamento afirma que “cada uno de nosotros pertenece a un sexo y posee un temperamento, un temperamento compartido con otros del propio sexo y otros del sexo opuesto”; donde especifica que entiende el sexo en el sentido de diferencias sexuales desde el punto de vista biológico, y el temperamento en el sentido de cualidades individuales innatas; y donde descubre que temperamentos “que consideramos innatos de un sexo, podían ser meras variaciones del temperamento humano”. Este descubrimiento le hizo revisar la creencia generalizada en nuestra sociedad, de que existía un temperamento sexual natural que como máximo sólo podía distorsionarse o apartarse de su expresión natural.

  En este libro describe la vida de hombres y mujeres de tres poblaciones de Nueva Guinea. Los araspesh, los mundugumor y los tchambali. La descripción que hace en su libro se divide en tres partes, un apartado dedicado “a las deducciones” de estos datos, en otro que incumbe a “los desplazados”, y en una conclusión.

Síntesis de datos: Los Tchambuli, la única que, como la occidental pero con diferentes contenidos, ha utilizado el hecho obvio del sexo como una base organizativa para la formación de la personalidad social. Las otras poblaciones carecen de una elaboración social imaginaria que atribuya diferentes personalidades a los diferentes miembros de la comunidad, clasificados según el sexo, la edad o la casta creando un único tipo humano sin imponer al individuo ningún papel emocional en razón de su sexo. Aun así, araspesh y mundugumor diferencian socialmente a sus hombres y mujeres. Basta con observar la división del trabajo o la vida ceremonial. Lo significativo de ello es que esa diferenciación se lleva a cabo sin necesidad de asociar determinados rasgos de temperamento a uno u otro sexo, sin necesidad de oponer un sex temperament masculino o a uno femenino, y sin necesidad de institucionalizar los papeles sociales de hombres y mujeres en términos de contraste de personalidades, o en términos de dominio y sumisión. Sin embargo, entre los tchambuli que sí recurren al sexo para organizar la personalidad social, en una sociedad patriarcal en la que existe la poligamia, son las mujeres las que detentan el poder que tienen una personalidad social mucho más dominadora y terminante que la que se puede encontrar incluso entre el matriarcado. Y sólo están teóricamente sometidas a los hombres. Sometimiento “teórico” que no impide de que como “los hombres son más fuertes, un hombre puede pegar a su mujer, y esta posibilidad sirve para impedir un completo florecimiento del dominio femenino”. De hecho, el dominio de las mujeres resulta mucho más real que la posición estructural de los hombres. Mead observa como en lo alto de la casa de los hombres (…), hay la imagen de madera de una mujer con una vulva enormemente exagerada, pintada de rojo. Constituye el símbolo que controla sus emociones. Símbolo creado por unos hombres (las tchambuli no crean arte) para quienes el arte “es lo único importante en su vida”. Así mismo comenta Mead “que a pesar de que existen razones para creer que no toda mujer tchambuli nace con un temperamento dominador, y con facultades para administrar, que sea sexualmente impulsiva y con ansias de entablar relaciones sexuales, que sea egoísta, concreta, robusta, práctica e impersonal en sus juicios, el hecho es que la mayoría de las muchachas crecen exhibiendo esos rasgos (…), podemos comprender claramente que la cultura tchambuli ha permitido arbitrariamente unos determinados rasgos humanos a las mujeres, y otros, igualmente arbitrarios, a los hombres.

   Mead concluye que el libre desarrollo del temperamento de cada individuo, de sus potencialidades, y el reconocimiento social de las mismas, es la vía necesaria para que ninguna persona resulte “desplazada” en la sociedad a la que pertenece. Entre esos “desplazados” que existen en toda sociedad, “siempre es posible distinguir a los que son inadecuados fisiológicamente (…) y a quienes están en desacuerdo con los valores de su sociedad (…) con unas claras tendencias temperamentales opuestas a objetivos culturales. Mead sitúa a los homosexuales entre los “desplazados”. Y mientras en las sociedades como la arapesh y mundugumor, que no han especializado el temperamento en función del sexo, existen desplazados pero su “funcionamiento psicosexual queda intacto (…)  sin que exista la homosexualidad”; por otra parte entre los tchambuli sí existe, al igual que en Europa y América. Y existe porque se trata de sociedades que especializan la personalidad en función del sexo y le asocian rasgos temperamentales masculinos o femeninos. Este rígido esquema dicotómico produce, en los hombres que no lo comparten, “trastornos en su vida psicosexual”. Mead recalca el poco peso que tiene la evidencia anatómica del propio sexo, frente a los condicionantes sociales., e insiste en que aquellas sociedades que no dicotomizan sexualmente los temperamentos no exigen de sus miembros que desarrollen una conciencia sobre “la autenticidad de su pertenencia al propio sexo”. Y añade que los que no se ajustan a las normas aceptadas, que con su presencia y sus reacciones anómalas, siembran la confusión entre los que tienen los temperamentos fijados para su sexo. “En consecuencia, siempre hay una semilla de duda, de ansiedad en cada mente…”. Mead convencida de que existen dos sex temperament, la antropóloga piensa que hay que “arreglar la vida en un mundo bisexuado para que cada sexo saque el máximo provecho de la presencia del otro”. Para Mead los talentos de cada sexo son producto de condicionantes culturales e históricos que los han configurado a lo largo de un proceso de civilización en el que hombres y mujeres se han visto abocados, por necesidades vinculadas a la supervivencia de la especie, a desarrollar talentos específicos. Mead incide en que atribuir una determinada actividad a un único sexo hace difícil que el otro pueda dedicarse a ella. Esa dificultad conlleva malestar personal, insatisfacción, impide el completo desarrollo de cada individuo y empobrece las producciones culturales, puesto que en su autoría sólo interviene uno de los dos sexos que plasma en ellas visiones, masculinas o femeninas, necesariamente parciales.


Relaciones entre los actores tanto materiales como inmateriales:

Las relaciones entre sí de todos estos actores configuran premisas básicas en este estudio antropológico de Margaret Mead, principalmente: que en las sociedades (araspesh y los mundugumor) donde no se ejerce una presión social y cultural respecto a la personalidad que debe corresponder a cada sexo: no existen patrones diferentes de gustos sexuales que se aparten de lo establecido, aunque se diferencie socialmente a los hombres y mujeres. Todo ello en contraposición a sociedades como la de tchambali: que en lo psico-sexual se ejerce una presión social y cultural de identificación tanto del rol femenino como del masculino, apareciendo los comportamientos desplazados (comportamientos distintos a los convencionales de cada sociedad), por contra al recurrir al sexo para su organización social, y al ser más fuertes las mujeres que los hombres, aquellas tienen un poder mayor socialmente que ellos (a pesar de ser una sociedad patriarcal). De ahí que el sexo y las cualidades de personalidad tanto de hombres como de mujeres configuran el eje central de todas las interacciones entre los distintos actores, pues dichos elementos son el núcleo base de dicho estudio, sin cuya observación no habría podido Mead llegar a sus conclusiones respecto a: ¿por qué no son todos los hombres iguales en su rol masculino?, ¿por qué no son todas las mujeres iguales en su rol femenino?, ¿por qué en una sociedad patriarcal (los tchambali) ejercen el poder las mujeres?, ¿es el sexo fisiológico un determinante de la cualidad en la personalidad de lo masculino y femenino?, ¿recurrir al sexo para una organización social determina el poder del hombre y la mujer?  
 
Análisis descriptivo del caso:

  En todo estudio antropológico en el que interactúan diversos elementos: socio-culturales, biológicos, etc, que conforman la psique es imposible concluir de forma prescriptiva, ni con absoluta objetividad ni certeza en la realidad de los hechos, aunque sean factores que influyan en dichas conclusiones. Aun así la importancia de factores sociales, psicológicos y culturales en el desarrollo genético y hormonal es fundamental. De hecho, esta misma autora en su libro “comunicación no verbal”: señala como ya desde el feto existe una interacción no sólo con los estados emocionales de la madre sino también con el exterior. Pero gracias a la antropología feminista de Margaret Mead y de De Beauvoir (en su libro “segundo sexo”: el mundo es pensado por los hombres y a la mujer le han dado la categoría del otro negándola la posibilidad de ser ella misma: sin participar en la manera de trabajar ni pensar sometida a la servidumbre de la maternidad, porque el hombre no la ha reconocido como un semejante desde el momento que la dimensiona como el otro en sus sesgos etnocéntricos y androcéntricos, teniéndose que resignar a ser pensada y no a pensar) se han desmaterializado la visión secundaria de la mujer respecto del hombre, así como en este estudio de Mead la trascendencia de no recurrir al sexo para presionar una determinada personalidad conforme al rol de lo masculino y femenino, pues implica frustración, malestar personal e impide la realización de los individuos y empobrece las producciones culturales. Es muy significativo como el comportamiento no convencional de los individuos crean dudas en los otros, pero en la medida que se genera un conflicto de rebelión y no de sumisión cada vez más ese comportamiento es imitado por otros: ¿por qué?, hasta conseguir desmitificar lo atávico, quizás como ya dijo Eric From “el miedo a la libertad” hace que las sociedades prefieran normas en las que sentirse seguros en vez descubrir el verdadero yo. Un yo por otra parte con una zona ambigua en su mente hasta la muerte, pues hasta la duodécima semana del feto no se define el sexo. Además el juego de la entropía define a la vida y por tanto a todos nosotros, ya que la esencia del ser humano es ambivalente por muy identificado que supuestamente pueda estar con el rol de lo femenino y lo masculino. Para mí la perfecta identificación sexual en el rol masculino o femenino es una falacia porque nunca será completa, ni siquiera en los hombres ni mujeres bien determinados en la misma (que a veces no es más que una actitud de autoafirmación en su sexo y su rol determinado por éste, aunque no lo sepan, al estar estas cuestiones censuradas por su subconsciente y consciente bien guardado en el inconsciente), a lo sumo puede existir un equilibrio bajo la premisa de la ambigüedad (como reseñó Mead “cada uno de nosotros pertenece a un sexo y posee un temperamento, un temperamento compartido con otros del propio sexo y otros del sexo opuesto”), pues en verdad somos seres preparados para ser psíquicamente andrógenos por encima de nuestro sexo biológico. Un sexo biológico que al principio de los tiempos ha sido determinante en los roles de lo femenino y lo masculino por razones obvias de supervivencia, pero que con el progreso y la tecnología cada vez es menos determinante y concluyente en estas cuestiones. 


Foto de web Google

  Las sociedades de este estudio de Mead son sociedades primitivas que tampoco servirían para explicar a las sociedades modernas donde las personas tienen unas necesidades afectivas mucho más complicadas, y en donde los comportamientos desplazados psicosexuales tienen mucho que ver también con las carencias afectivas del amor: habiendo muchas personas bien determinadas en el rol masculino y femenino y en sus gustos sexuales, con comportamientos no desplazados, que han cambiado dicho determinismo ante la soledad, desamor, incomprensión… en comportamientos desplazados e inclusive por puras necesidades fisiológicas y de dominación ante determinadas situaciones ambientales.

  Por último decir que sin una adecuada socialización no existe desarrollo, ej: los niños que han nacido en la selva con animales y sin contacto humano (nunca llegaron aprender hablar una vez rescatados a la sociedad moderna). Pero ni bajo las explicaciones de las teorías más genéticas ni más socioculturales se ha cumplido el método de la falsación, por lo que todo estudio al respecto no deja ser una mera aproximación sesgada que no puede entenderse sin la conjugación interdisciplinar de las diferentes ciencias: biología, sociología, psicología, etc, incluso si observamos el comportamiento etológico de los animales comprobamos que es tan complejo como el de los seres humanos. Conclusión: no hay explicación lo suficientemente contundente sin una disquisición multifactorial, caso por caso, independientemente de que existan denominadores comunes. Pero sin duda las aportaciones de Margaret Mead en el campo de lo social, como un factor cuando menos influyente sino determinante, están fuera de duda en todo buen estudio que se precie sobre la mente humana.




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